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Ya se merecían los pobres arbolitos destrozados hace más de un mes que alguien les hiciera justicia, pues el compromiso de la que escribe no había sido cumplido, así es la vida, llena de obligaciones que nos hacen aplazar lo que no tiene excusa dejar de lado: acordarse de los más débiles, que en este caso son apenas unas cuantas varas que no hacen mal a nadie. Me alegro, de todas formas, de que se me hayan adelantado, como puede comprobarse en la edición digital de la Opinión de Zamora del pasado lunes 21 de abril, donde Socorro Ramos hace mención del asunto. Voy a decir algo que constituye una verdadera simpleza, ya lo sé, pero no por ello es menos cierto: que falta todavía mucho trecho, por desgracia, para darse cuenta, del valor de futuro que tiene cada uno de esos proyectos de ser vivo, tan sencillitos en apariencia, pero que esconden la esencia de la vida, nada menos, en este país, que no olvidemos que se halla en la zona seca del planeta. Sí, me refiero a esa zona que va a ser la primera en sufrir las consecuencias de la desertización. ¿Qué tienen los árboles que despiertan tantas iras?, lo pregunto con toda el alma, porque nunca en mi vida me he encontrado con nadie que me haya dado una respuesta. Luisa Jambrina
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