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A los cuatro años tenía un amigo, Óscar, con el que jugaba a cosas de esas que no tienen un espíritu sexista, como por ejemplo lanzarse sobre un monopatín a toda pastilla cuesta abajo, dibujar con tiza sobre el cemento del suelo trazando territorios en torno a uno mismo o las siluetas de las manos y los pies, o como recoger flores, hierbas, pedazos de teja y yeso, y triturarlos mezclados con agua hasta que se convertían en papillas de colores con las que pintábamos.
A veces íbamos a la puerta de su casa y jugábamos con sus juguetes, otras en la puerta de la mía jugábamos con los míos. Pero solíamos conformarnos con cosas bastante primarias y experimentales.
Cuando los mayores, con esa fea costumbre que les caracteriza de suponer y generar rumores, empezaron a decir:
¡¡¡Sois novios, sois novios...!!!.
Comenzamos a pensar que nuestra relación no tenía futuro, y dividimos el grupo (de dos). Cada uno se fue a lo suyo; Óscar con los coches y yo con las muñecas.
Fuimos juntos a la escuela hasta los catorce años, pero después de la disolución del grupo no volvimos a establecer relación alguna excepto la estrictamente comercial y vecinal. Debo aclarar que yo le servía los cafés y las cañas en El Único Bar del pueblo.
A los veinte años, durante un viaje a París me hice este tatuaje en una tiendecita de una de esas estrechas calles que bajan de Montmartre, llamada Tatoo-Bijou.

El tatuador era un tipo de grandes patillas, medio blanco, medio azul, del tamaño de un armario ropero de cuatro puertas. Insistió bastante en que debería tatuarme una ola y no sé cuántas cosas más que representaban los cuatro elementos y el equilibrio de no sé quién. Pero yo tenía pensado el motivo de mi tatuaje desde hacía mucho tiempo, y lo llevaba dobladito en la cartera desde entonces.
¡ Cómo duele!, no os lo voy a contar porque seguro que lo sabéis. Pero todo lo hice por el arte. Sabía que iba a tener la nuca más molona de mi pueblo, y cómo iba a fardar en las bodas, cuando me hago moños.
Cuando volví a mi casa, me hice un moño, sin tener boda ni nada, con el objetivo de lucir mi tatuaje souvenir. Cuando Óscar me pidió un cortado y me volví hacia la cafetera gritó:
¡¡¡ Tu también te has hecho uno !!! ...pero el mío es mas chulo
Levantó un poco la manga y en el antebrazo tenía un tatuaje a todo color, en diagonal que decía SCALEXTRIC... Entonces fue cuando pensé que aquello era para toda la vida, pero no dije nada, solo sonreí un poquito y eso fue todo, le serví el café, se lo tomó y cada uno nos quedamos con nuestro escozor, marcando el territorio y la distancia de nuevo. Esa fue la conversación más larga que tuve con Óscar desde los cuatro años.
Ahora cuando voy al pueblo es Óscar quien me sirve el café y las cañas, en El Único Bar. En verano suele lucir bíceps y tatuaje, y ambos los dirige a las miradas de las chicas, que se mueren de curiosidad por conocer la historia.
Yo por mi parte procuro llevar el pelo suelto y sueño cada día con tener dinero suficiente para la cirugía, no vaya a ser que digan otra vez que somos novios.
Andrea Jambrina
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